Nadie se salva: 50 años del Movimiento de 1968

Por Gustavo Hernández Natera

Recuerdo, recordamos.
Esta es nuestra manera de ayudar a que amanezca
sobre tantas conciencias mancilladas,
sobre un texto iracundo, sobre una reja abierta,
sobre el rostro amparado tras la máscara.
Recuerdo, recordemos
hasta que la justicia se siente entre nosotros.

(Rosario Castellanos, poema Memorial del 68, escrito en 1971 para el libro La Noche de Tlatelolco, de Elena Poniatowska)

Tuvieron que pasar cinco décadas para que un gobierno procedente del PRI declarara que la matanza de estudiantes y de población civil ocurrida en 1968 fue un Crimen de Estado.

El 24 de septiembre, la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas (CEAV) adscrita a la Secretaría de Gobernación, declaró que Durante el Movimiento Estudiantil de 1968 “las violaciones a los derechos humanos fueron inobjetables”.

Su titular, Jaime Rochín, reconoció que el Estado “usó la represión y que fue un crimen de Estado porque éste empleó francotiradores que dispararon para crear caos, terror y una narrativa oficial para criminalizar la protesta y continuó más allá de las detenciones arbitrarias y la tortura”.

Al participar en el coloquio internacional Ciudadanías en Movimiento M68 realizado en el Centro Cultural Tlatelolco, el titular de la dependencia informó que el Estado emitió la resolución por la que se determinan medidas de satisfacción de carácter colectivo, como parte del derecho a la reparación colectiva a favor de las víctimas del 2 de octubre de 1968.

Antes, el 20 de septiembre, el pleno de la Cámara de Diputados aprobó de manera unánime inscribir la frase: “Al Movimiento Estudiantil de 1968”, con letras de oro en el Muro de Honor del Pleno.

Estas acciones junto con la remembranza del Movimiento despertaron de inmediato reacciones favorables a la condena del crimen y a la búsqueda de la reparación del daño pues, consideraron, aún hay muchas partes oscuras de aquellos acontecimientos que marcaron la historia de México. En este contexto, vale la pena un repaso de los principales hechos del año de las Olimpiadas en México.

La versión oficial, e inclusive la consignada por la escritora Elena Poniatowska en su mítico texto La Noche de Tlatelolco, da como un hecho que el movimiento comenzó por una pelea entre pandillas, y que a partir de ahí se desencadenaron los acontecimientos que finalizaron en la matanza de la Plaza de las Tres Culturas, pero no es del todo correcta esta apreciación.

El Movimiento Estudiantil se enmarca en la pugna de la sociedad en la búsqueda de un destino democrático, y recogía varias luchas que les antecedieron como la de los ferrocarrileros en 1959 o la de Rubén Jaramillo en 1960. Incluso, trató de recoger la herencia de la Revolución usurpada por el grupo que asaltó el poder con el golpe de estado contra Madero.

El movimiento, además, se insertaba en una reacción mundial contra el establishment ejemplificada por el Mayo Francés y por muchos otros movimientos que surgieron en ese momento en países de Latinoamérica, alentados principalmente por la Revolución Cubana de 1959 y enmarcados por la Guerra Fría. Si se agrega a un gobierno excesivamente paranoico —muy probablemente por su origen ilegítimo— que veía conspiraciones por todas partes. Como ejemplo, en 1961 un movimiento de estudiantes de Morelia que organizaron protestas contra el gobierno acabó en intervención militar; lo mismo sucedió en Guerrero y Tampico, en 1966 y al siguiente año, en Sonora.

En la Ciudad de México, el 22 de julio, efectivamente, se pelearon varias pandillas de la Preparatoria Isaac Ochotorena y de las vocacionales 2 y 5 del Instituto Politécnico Nacional. Al día siguiente, las instalaciones de las citadas escuelas del IPN fueron apedreadas por pandillas de las escuelas preparatorias de la Universidad Nacional Autónoma de México a tal grado que la policía intervino con persecuciones y golpizas. El día 24 las vocacionales 2 y 5 fueron tomadas por la policía. Estos disturbio representan el origen formal de movimiento.

La Federación Nacional de Estudiantes Técnicos (FNET), organización que era financiada por el PRI, llamó a una movilización contra la represión y por la desocupación de las vocacionales el 26 de julio.  Mientras, en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM se lanzó un llamado a la huelga.

El  día  fijado  se  encontraron dos  manifestaciones: la organizada por  la  FNET y  la  que  convocada por la Confederación Nacional de Estudiantes Democráticos (CNED), una agrupación dominada por el Partido Comunista que desde 1960 efectuaba una manifestación anual en conmemoración del asalto al Cuartel Moncada en 1959, es decir en conmemoración de la Revolución Cubana, lo cual muestra la efervescencia política que había en ciertos sectores estudiantiles.

La intención de la Federación era desunir las manifestaciones y armar fisuras artificiales, pero no funcionó la estrategia: las dos marchas se fusionaron y en un sólo contingente se movilizaron hacia el Zócalo, donde la policía, no sólo les impidió el paso, sino que utilizó las armas y macanas para reprimir. Los enfrentamientos se extendieron por todo el centro de la ciudad, con detenidos, muertos y desaparecidos.

Al mismo tiempo que los enfrentamientos, la policía tomó la sede del Partido Comunista y las imprentas de su periódico La Voz de México. Hubo cientos de detenidos, parecer estudiante y pasar por la zona del conflicto era motivo para ser golpeado o detenido.

Al día siguiente, los alumnos de las preparatorias 1, 2 y 3 de la UNAM tomaron las instalaciones. La respuesta del gobierno fue aumentar la represión.

Del 19 al 30 de septiembre de 1968 el Ejercito ocupó la Ciudad Universitaria de la UNAM.

Hoy día nadie acepta responsabilidad en los hechos acontecidos en esos días, aunque años más tarde Díaz Ordaz asumió la responsabilidad de lo que ocurrió con el movimiento, se debe considerar que en este momento el segundo al mando en el Gobierno Federal era Luis Echeverría, quien tenía aspiraciones políticas para suceder a Díaz Ordaz y trataba de catalizar los acontecimientos a su favor.

El 29 de julio se inició la huelga estudiantil que, aunque sólo se hizo efectiva en algunas Facultades, preparatorias de la UNAM y vocacionales, se extendió rápidamente a otras instituciones educativas. El 30 de julio el Ejército lanzó un bazukazo a la puerta de la Preparatoria 1 y allanó las instalaciones de ese centro educativo y de las preparatorias 2, 3 y 5 del IPN. El hecho unificó a los estudiantes y se hicieron asambleas en muchas escuelas más, tanto del IPN como de la UNAM y se fortalece la huelga.

El 2 de agosto se conformó el Consejo Nacional de Huelga (CNH) como organismo de decisión de todas las escuelas en huelga, que ya para entonces aglutinaba a estudiantes del Politécnico, la UNAM, las Escuelas Normales de Maestros, la Escuela Nacional de Antropología e Historia y la de Agricultura de Chapingo.

El 4 de agosto se crea un pliego petitorio que exigía:

  1.  Libertad a los presos políticos.
  2.  Destitución de los Generales Luis Cueto Ramírez y Raúl Mendiolea, así como el teniente coronel, Armando Frías.
  3.  Extinción del Cuerpo de Granaderos.
  4.  Derogación de los artículos 145 y 145 bis del Código Penal, que configuraban el delito de “Disolución Social.”
  5.  Indemnización a las familias de los muertos y a los heridos víctimas de las agresiones en los actos represivos iniciados el 26 de julio.
  6.  Deslinde de responsabilidades de los actos de represión y vandalismo realizado por las autoridades a través de la policía, los granaderos y el Ejército.

El 27 de agosto se llevó a cabo una marcha al Zócalo con más de 500 mil participantes, y ese mismo día, los médicos residentes e internos del Hospital General se declararon en huelga en solidaridad con el movimiento.

También la sección 37 del Sindicato de Trabajadores Petroleros de México inició un paro, y cinco escuelas de la Universidad de Puebla y de la Escuela Vocacional de Enseñanza Especial decretaron otro.

El 30 de septiembre el Ejército desocupó las instalaciones de Ciudad Universitaria que había tomado el 18 de ese mismo mes. El gobierno intentó pacificar después de haber golpeado, pues se pensaba que ante el llamado la huelga se levantaría. Y no les faltaba razón: la represión había diezmado la participación, muchos jóvenes fueron obligados por sus padres a abandonar el movimiento, otros fueron enviados a otros estados de la República, pero los estudiantes, aunque golpeados, seguían manteniendo sus demandas.

Así, el 1 de octubre se llevaron a cabo asambleas en las escuelas y se decidió continuar la huelga. Por la mañana del 2 de octubre, una comisión del CNH se reunió con el gobierno para negociar. Pese a que no había acuerdos, la dirección del CNH canceló la marcha que tenían programada hacia el Zócalo, pero mantuvo el mitin al que se había convocado en la plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco.

La matanza inició por la tarde, con una dramática bengala lanzada desde un helicóptero: esa fue la señal para que un grupo encubierto, identificado con un guante blanco llamado Batallón Olimpia comenzara a disparar contra la multitud reunida en el acto político.

No se sabe exactamente el número de muertos, pero se calculan en 500, a los que se suman más de 2 mil heridos y cerca de 2 mil detenidos, así como un gran número de desaparecidos políticos, no sólo durante la lucha, sino antes y después de ella.

La resolución del gobierno actual reconoce por fin su política errada, en la cual todos los niveles del gobierno fallaron, pero la responsabilidad recae principalmente en el presidente Díaz Ordaz, al considerar que la movilización era una conspiración de corte comunista para boicotear los juegos olímpicos y dar paso a un desprestigio mundial, que encubría una intentona de derrocarlo.

El secretario de Gobernación, Luis Echeverría, también es responsable, pues trató de aprovechar esa paranoia presidencial para alentar la salida militar, quizá para dar un mensaje al bloque comunista, o bien para amarrar su candidatura a la Presidencia, pues en ese tiempo aciago, actitudes de esa naturaleza eran consideradas en la clase política como muestras de “lealtad”.

Pero los medios de comunicación también fallaron, pues la cobertura fue sesgada favorablemente hacia las posturas gubernamentales, y una vez ocurrida la masacre fue ocultada la información, con honrosas excepciones, como el monero Abel Quezada, que publicó el tres de octubre sólo un fondo negro, con la frase: ¿Por qué?, en lugar de su acostumbrado cartón. A lo largo de la historia muchos han aplaudido el citado rectángulo negro y por regla general se entiende como una señal de luto. Sin embargo, considerando la genialidad del artista, ese rectángulo negro bien pudo haber significado la sangre derramada un día antes. Recordemos que el diario Excelsior, en donde publicó esa obra, era en blanco y negro.

Las pocas voces de la prensa y la poca valentía sentó las bases del miedo en el ánimo de la sociedad, y sobre el germinó la idea del terror como respuesta gubernamental ante reclamos de legalidad, libertad o democratización. Dicha postura se repetiría en 1971 con el Halconazo, y años después en Aguas Blancas, en Acteal, en Atenco y más recientemente en el caso Ayotzinapa.

Por último, el Ejército falló porque debió negarse a participar en esa matanza, las leyes de las fuerzas armadas giran en torno a la sociedad, pues valores como soberanía, independencia e integridad no tienen razón de ser si se despegan del servicio a la sociedad que le da origen a todo pacto social.

En 50 años todo ha cambiado, o quizá no haya cambiado nada, según la óptica que se elija. El ascenso al poder de una fórmula de izquierda hace pensar en vientos de cambio, como parece mostrar el mea culpa del gobierno. Y aunque parece imposible a estas alturas un episodio como el que se conmemora este 2018, vale la pena no olvidar —como no se olvida el 2 de octubre— que esa política de terror falló: que todos fallaron.

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