Ejecución de Maximiliano, Miramón y Mejía.

imgres Por Dhyana Angélica Rodríguez Vargas El 19 de junio de 1867 amaneció un cielo azul y despejado. Maximiliano había dicho que en un día así quería morir… ¡y se le cumplió!; fue ejecutado en la cima de una colina (el Cerro de las Campanas), como había imaginado en uno de sus poemas de juventud: “QUIERO MORIR EN LA ALTURA” “Me dicen que la hora es triste, sin embargo, no quiero un llanto, el mundo de color se viste y me despido con un canto dando gracias por la hermosura que abarca mi visión quiero morir en la altura que calma mi corazón Quiero entregar mi vida en tu más bello altar En la hora de partida en una cumbre quiero estar Hay una brisa refrescante como un beso de la aurora Después de mi vida errante tendré la paz en esta hora Ya no me asusta la muerte veo que es libertad Ya no lamento mi suerte pero arriba quiero estar (…)”(1) Había una barda de adobe improvisada en el lugar donde sería la ejecución y unas pequeñas cruces marcando el sitio de los sentenciados; además fueron tres pelotones de fusilamiento, los mejores tiradores habían sido destinados al centro, en donde se supone, estaría Maximiliano de Habsburgo. No obstante, éste le cambió su lugar a Miramón, como un último homenaje a su valentía. Se despidieron los tres sentenciados entre sí: Maximiliano, Miramón y Mejía. El archiduque dijo a sus compañeros que se volverían a ver en unos momentos. El general Miguel Miramón sacó un papelito escrito a lápiz y leyó con voz firme: “Mexicanos: en el Consejo, mis defensores quisieron salvar mi vida; aquí pronto a perderla, y cuando voy a comparecer delante de Dios, protesto contra la mancha de traidor que se ha querido arrojarme para cubrir mi sacrificio. Muero inocente de ese crimen, y perdono a sus autores, esperando que Dios me perdone, y que mis compatriotas aparten tan fea mancha de mis hijos, haciéndome justicia. ¡Viva México!”(2) Maximiliano, por su parte, después de haber dado a los miembros del pelotón un “Maximiliano de oro” (monedas de la época con su efigie), para que tiraran bien, exclamó: “Voy a morir por una causa justa, la de la independencia y libertad de México. ¡Que mi sangre selle las desgracias de mi nueva patria! ¡Viva México!”(3) Mejía no dirigió ningún mensaje a los espectadores, pero dijo para sí mismo: “¡Vírgen santísima!”(4) Hilarión Frías y Soto, y el Barón de Magnus, que miraban la ejecución, recordarían después en sus escritos que Maximiliano miró al cielo de izquierda a derecha (como queriendo llevarse esa imagen del panorama al más allá), y se desabrochó la levita, esperando los disparos. Miramón, por su parte, indicó el lugar del corazón con su mano, y Mejía apartó de su pecho el crucifijo que tenía para que las balas no cayesen sobre él. Los pelotones dispararon al mismo tiempo y los tres hombres cayeron, aunque sólo Miramón murió instantáneamente, con balas muy certeras en el corazón. El Doctor Calvillo que había sido llamado para dar constancia de los fallecimientos revisó a Mejía con el estetoscopio y descubrió que todavía le latía el corazón, así que tuvieron que dar un tiro de gracia ante el cual Mejía se quejó levemente y llevó su mano al corazón. Después de otro disparo más, murió. Maximiliano, por su parte, todavía se movía y trataba de decir algo, que algunos interpretaron como las palabras: “Hombre, hombre”(5). Le dieron un tiro más, pero éste no le cayó en el corazón, sino en un pulmón, encendiendo la levita. Tüdos, que estaba cerca, le echó agua para apagarla. El ex emperador se jaló el chaleco y le tiró un botón, tal vez por la sensación quemante; aunque de acuerdo al doctor Bash, pudieron haber sido movimientos reflejos. El capitán pasó entonces a otro de los soldados y le señaló con el sable el lugar del corazón… pero el fusil se trabó, y así pasó con otro más. Sólo el tercero, disparado por el joven soldado de dieciocho años, Aureliano Blanquet (según sus testimonios) , funcionó y la vida de Maximiliano terminó. El doctor Calvillo confirmó la muerte y observando que Maximiliano había quedado con los ojos abiertos, se los cerró, contando después en su informe que debido a la presión de sus dedos, había salido de ellos una lágrima. Llegaron los ataúdes y los cuerpos fueron puestos en ellos, pero Maximiliano, debido a su alta estatura, no cupo en el suyo, sobresaliéndole los pies. No hubo más remedio que llevarlo así y al verlo, algunas personas del pueblo (sobre todo mujeres) se conmovieron y lloraron. Su destino, por el momento, era el Convento de las Capuchinas, donde lo esperaba el embalsamamiento por parte del gobierno, al igual que a don Tomás Mejía, en la Iglesia de San Antonio. El cuerpo de Miramón, por su parte, sería tratado y embalsamado a cuenta de su familia en la casa conocida como “de la Zacatecana”, donde vivía la señora Cobos, amiga de Concha Lombardo de Miramón. El archiduque y sus dos principales habían sido juzgados de acuerdo a la ley, y con estos fusilamientos se daba fin al Segundo Imperio Mexicano, abriéndose así el camino para el restablecimiento de la República. (1)AUF EINEM Berge will ich sterben, de Maximiliano de Habsburgo (traducción de Wolfang Ratz). (2)SÁNCHEZ NAVARRO Y PEÓN,Carlos en Miramón, el Caudillo Conservador. Pág. 286. Ed. Jus México, 1945. (3)Calendario histórico de Maximiliano de 1869. Pág. 30. Imprenta de Juan Neponucemo del Valle.Editora González y Cía.1869. (4)RAMÍREZ Álvarez, Guadalupe en Leyendas de Querétaro. Pág. 50. Ed. Noamaxey, 1967. (5)___________,El pelotón de fusilamiento, ¿quién dio el tiro de gracia a Maximiliano”,Pág. 30. Documento de la Biblioteca digital Alfonsina,No. 1020003864

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