Las clases marginales en la Ciudad de México bajo la mirada del cine

Miguel Angel Jiménez Hernández. Etnohistoriador

El cine debería ser una fuente importante para el conocimiento y la mejor comprensión de nuestra realidad social; siempre ofrece temáticas  identificadas con el entorno del cual emerge, es producto de la sociedad a la que pertenece y por la cual fue creada, así como de sus contextos concretos.

Película Los olvidados
Película Los olvidados

Lo que resalta en las representaciones de la marginación social en el cine mexicano de la actualidad, es su alto grado de violencia y la desdramatización de las escenas. Esto rompe con la tradición instaurada desde mediados del siglo pasado, donde el principal medio de la representación de la desigualdad social era el melodrama. En este género cinematográfico se ha apreciado el continuo uso de escenarios como la vecindad y el barrio, los cuales funcionaban como espacios sociales que articulaban la realidad urbana. La interpretación de la pobreza ahora es más compleja, desligada ya de los estereotipos establecidos en aquella “época de oro” del cine.

Película Nosotros los pobres
Película Nosotros los pobres

El cine que predominó a partir de los años treinta y hasta principios de los setenta, obedeció a una política dominante, a una visión idealizada de la realidad nacional en la que todos a pesar del sufrimiento y la desgracia tenían esperanza como se observa en la película Nosotros los pobres, 1947, de Ismael Rodríguez; la revolución hacía justicia como en Las abandonadas, 1944, de Emilio Fernández; y los pobres  e ignorantes eran simpáticos y listos como en Ahí está el detalle, 1940, de Juan Bustillo Oro. Aquí habría que agregar el valor de la familia como en Una familia de tantas, 1948, de Alejandro Galindo; y mencionar que el mundo rural era festivo como en Dos tipos de cuidado, 1952, de Ismael Rodríguez [1].

A raíz de estas producciones México era concebido como un país de charros con pistola, cantores y mujeriegos; y de mujeres abnegadas. El cambio que dio el cine a mediados de los años setenta es producto de cambios sociales y cambios políticos. La situación de debilidad estructural y crisis coyuntural de la economía, las tensiones evidentes entre el sector privado y el gobierno, y la dependencia clara del gobierno estadounidense, fueron los principales factores del desequilibrio que vivía el país en ese contexto. La salida efectiva de la crisis en la que México se veía sumergida desde sexenios pasados requería un cambio profundo y radical: la adopción de un nuevo modelo económico, el modelo de economía de mercado, privatización y globalización, también llamado modelo neoliberal, adoptado en la década de a partir de los años 80´s [2].

Se profundizó la desigualdad social, se incrementó la pobreza que en las décadas anteriores parecía superada con el llamado “milagro mexicano” (cuya relevancia reside en el crecimiento acelerado de la Ciudad de México y otras urbes ocasionado por un crecimiento económico). La inestabilidad económica definió las diferencias sociales [3]. El nivel de vida de las mayorías disminuyó. El progreso y crecimiento económico sólo se concentró en los sectores superiores de la pirámide social. Los ricos se hacían más ricos, en tanto que las clases medias y los amplios sectores populares se empobrecían [4].

Las pocas cintas que abordaron el tema de la pobreza urbana durante la década de los 90´s, mantuvieron cierta continuidad respecto a los enfoques previos. De todas ellas el ejemplo más interesante sobre la representación de la pobreza fue Lolo (1992, Francisco Athié). Esta obra forma parte de una tradición del cine mexicano centrada en la imagen de los jóvenes de las zonas marginadas del la Ciudad de México, cuyos dramas radican en la tendencia hacia el crimen originados por las condiciones de pobreza, corrupción e injusticia que rodean a los protagonistas.

Película Lolo
Película Lolo

Esta película narra la vida de Dolores Chimal, apodado Lolo, quien es un joven obrero que sobre lleva la precariedad económica junto a su madre y sus hermanos en una colonia pobre y marginada del Distrito Federal. La necesidad lo lleva a desempeñarse como ayudante de El Alambrista, organillero quien lleva una relación sentimental con su madre. Perdiendo el sentido del bien y del mal ante la difícil situación, una noche Lolo entra a la casa de la usurera del barrio para robar  el reloj que él y su hermana compraron a su madre el día de su cumpleaños, y que por cuestiones económicas, ésta llevó a empeñar. Es sorprendido por la hermana de la usurera a quien mata sin pensar. Las averiguaciones sobre el crimen corren a cuenta de Marcelino, un policía corrupto, ex pandillero convertido en representante de una ley miserable, servil, agrietada y descompuesta por la corrupción y el servilismo. Lolo es ayudado por su novia Sonia a escapar e incriminar  un inocente (su amigo el “Bobo”) para ser exonerado.

De cierto modo, el cine mexicano siempre se movió bajo la esfera central de la pobreza con el lema “pobres pero honrados”; sin embargo a partir de los años setenta, ochenta y parte de los noventa, surgieron cineastas que se preocuparon por ir más allá de lo establecido por el cine mexicano “clásico”, y tocaron aspectos hasta ese entonces inéditos, como la codificación del lenguaje de la calle o la cultura subterránea que rodeaba a los jóvenes de las ciudades perdidas.

El relato  de esta película se concentra en seguir el proceso de degradación moral y física de Lolo, quien se nos presenta como débil, cobarde y modesto. También se recurre al protagonismo simbólico de los roles familiares en la tradición cultural mexicana, como el del poder matriarcal que encarna el personaje de la madre quien a la vez juega el papel del padre. Lo que es de notar en este tipo de películas y en especial en Lolo es que se pierde toda falsa denuncia de la desigualdad social, desaparecen los estereotipos que prevalecían con la idea de que la miseria redime y hace florecer la solidaridad entre los pobres; al contrario, Lolo prefiere entregar a otros antes de pagar por su falta, puesto que la pobreza los orilló a cometer actos en contra de sus propios valores. Contradice el discurso oficial sobre la pobreza y explora las determinaciones culturales y las estructuras que inciden en la desigualdad social.

El cine y la ciudad han sufrido los embates del triunfo del capitalismo tanto fuera como dentro de la pantalla grande, todo ello ha sido pieza fundamental de un largo trayecto en la historia contemporánea de México, en la cual, en ambas instancias (cine y realidad) se observan los emblemas del desarrollo mexicano moderno, con sus logros e inconvenientes, una especie de collage que reúne restos de otras épocas: rascacielos, unidades habitacionales, ejes viales, centro comerciales, anuncios publicitarios, monumentos históricos, museos, y un cinturón de miseria y pobreza.

Notas/Citas

1. Novón Bolán, Eduardo y María Ana Portal Ariosa, “La ciudad del espectáculo, en Cultura y ciudad, México, Publicación del Comité Editorial del Gobierno del Distrito Federal, 1999, p. 94.

2. Meyer, Lorenzo, et. al, “De la economía cerrada y protegida a la globalización (1982- 1994), en Historia de México, Editorial Santillana, 2001, p. 270.

3. Loaeza, Soledad, “La sociedad mexicana en el siglo XX”, en Blanco, José Joaquín y José Woldenberg (compiladores), México a fines de siglo Tomo I, México, Fondo de Cultura Económica, 1996, p. 125.

4. Ibídem., p. 271.

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