Un pasado de gran peso

Rocío Tapia
Historiadora

La recuperación del pasado prehispánico ha variado según el contexto político que se vive. No sorprende que en la incansable búsqueda de identidad nacional se le atribuyan variadas significaciones.Sin duda, uno de los momentos de mayor trascendencia ocurrió durante el gobierno de Porfirio Díaz que aludió al pasado glorioso y no sólo ordenó trabajos de conservación en zonas arqueológicas sino que, a través del florecimiento de las artes plásticas, atrajo la mirada hacia los héroes prehispánicos.

A finales del siglo XIX encargó las mejores esculturas en bronce de reyes y guerreros prehispánicos. Esta imagen de los protagonistas de lo que la historiografía decimonónica ha denominado Conquista se asentaba como una negación del pasado colonial de sometimiento. Sin embargo, a lo largo de la historia la revaloración del pasado prehispánico ha enfrentado visiones extremistas que enaltecen el periodo virreinal como la etapa de desarrollo de lo que sería México. Cobra relevancia el señalamiento del historiador Luis González: “la conquista la hicieron los indios y la independencia los españoles”.

Y si esta discusión pervive conviene preguntar a quién preocupa ahora la revaloración de lo prehispánico, qué tanto se sabe de las culturas antiguas. Las interrogantes involucran un análisis multidisciplinario pero, en especial, refiere la perspectiva histórica. Si se trata de lograr que los mexicanos alcancen una conciencia histórica generosa, la historiadora Josefina Zoraida Vázquez alude a las palabras de Edmundo O’Gorman: “[…] la patria es como es, por lo que ha sido y que tal como es ella no es indigna de nuestro amor, porque ese amor tiene que incluir la suma total de su pasado”1. Enrique Florescano, en su Memoria mexicana, libro que trata las múltiples formas populares y tradicionales de recoger el pasado, asegura que la recuperación de éste es una tarea colectiva y un proceso cambiante de sucesivas y renovadas imágenes.

Así, “huyendo de ortodoxias académicas estériles”, en lugar de tomar las obras producidas por los cronistas e historiadores como única expresión de la memoria histórica, el experto alude al mito, la leyenda, el ritual, los símbolos, las utopías, las crónicas y las obras históricas que se proponen reconstruir la historia.2 Dentro de un breve recuento de lo que ha trascendido de la cultura prehispánica se pueden citar algunas fuentes esenciales. En un principio sirven de eje las cartas de españoles del siglo XVI, también los escritos de cronistas y viajeros, pues ahí es clara la referencia a la cultura azteca, por ser la más cercana al encuentro entre los habitantes originarios y los españoles.

De las grandes culturas ancestrales, como la olmeca, la maya y la tolteca, por mencionar algunas, dan cuenta otras fuentes que superaron obstáculos como la destrucción o el hurto de los tesoros antiguos que hubiesen develado mucho de su riqueza sociocultural. Los misioneros de distintas órdenes religiosas, fundamentalmente franciscanos, agustinos, dominicos y jesuitas, son una valiosa fuente referencial, algunos legaron obras catalogadas ahora como lectura obligatoria, está el caso de fray Bernardino de Sahagún, con su Historia general de las cosas de la Nueva España, o el de fray Juan de Tovar que escribió Relación de los indios que habitan en esta Nueva España.

Hay evidencia de religiosos que se preocuparon por reconstruir de alguna forma la historia de la sociedad antigua, ya sea para evangelizar, educar o comunicarse con los pobladores autóctonos. Más tarde, serán los criollos quienes pugnaran por la revaloración prehispánica. En el siglo XVIII, en plena Ilustración europea, los mejores puestos políticos en la Nueva España quedaban en manos de los españoles.

En la época borbónica se buscó revitalizar la economía colonial y explotar las riquezas del continente para financiar el resurgimiento de la monarquía española. En todo este proceso, los criollos se encontraban excluidos de todos los cargos altos3. Entonces, deciden crearse una identidad y lo hacen a partir del esplendor prehispánico, enaltecen la cultura anterior, no al indígena vivo que fue sometido, sino al muerto, él que creó sistemas numéricos y obras monumentales.

Uno de los historiadores que revaloraron la herencia antigua fue Carlos María de Bustamante, se le reconoce como el acuñador de los primeros héroes del panteón de la patria porque los llevó hasta la historia prehispánica, para interpretar la Independencia como recuperación de la libertad perdida con la conquista4.

En el siglo XIX hay un análisis histórico del indigenismo que permite comprender cómo Ignacio Ramírez e Ignacio Manuel Altamirano se preocuparon por los indígenas vivos. Con el Porfiriato la identidad nacional se finca en lo prehispánico. Hay necesidad de legitimar al indígena. Beatriz de la Fuente asegura que después de la Independencia, la cultura y la historia antiguas siguen siendo los pilares más sólidos para conformar la presencia ideológica de la nueva nación5. No extraña pues que a finales del siglo XIX haya abundantes noticias sobre hallazgos prehispánicos.

En los inicios de la nueva centuria las excavaciones en el Templo Mayor de Tenochtitlán se extienden. Para 1905, las noticias crecen y representan el preludio a los festejos del centenario de la Independencia, también las exploraciones en Teotihuacan están en pleno auge.

Dentro de las celebraciones del centenario se da una imagen de México basado en el pasado precolombino, próspero en el presente y proyectado al futuro.

Se valoró de forma especial los vestigios, proliferaron las actividades arqueológicas, se hizo necesario un registro institucionalizado de estas acciones. Se inauguró la Escuela Nacional de Antropología, se definió la función del Museo Nacional y de la Inspección de Monumentos, así como la proyección en el mundo del pasado prehispánico por medio de los visitantes extranjeros y por el envío de piezas prehispánicas para ser expuestas en distintas partes del mundo6.

Para las autoridades este registro amplio representaba afincar la conciencia social de un pasado indígena, la formación de una cultura nacional a través de la educación que reivindicaba al indio del pasado.

Durante el Porfiriato la revaloración del periodo prehispánico se concentró en los aztecas que en ese tiempo eran considerados los representantes de la antigua nación indígena7. Ahora, a la distancia, gobiernos más gobiernos menos, la relevancia decayó. Pocos son los esfuerzos por revivir el esplendor de la historia antigua, así testimonios históricos están dispersos o perdidos o, en el mejor de los casos, aguardan en cajas para trascender a la exhibición en museos.

El desinterés condena a la ignorancia no sólo de generaciones presentes y sino de las que están por venir.

Bibliografía:

  1. Josefina Zoraida Vázquez. Reseña de La presencia del pasado de Enrique Krauze en Historia Mexicana. México, El Colegio de México, año/vol. LVI, núm. 2, 2006, p. 686.
  2. Enrique Florescano. Memoria mexicana. México, Taurus,1997, p. 10.
  3. David Brading. Orbe indiano. De la monarquía católica a la República criolla 1492-1867. Trad. de Juan José Utrilla. México, Fondo de Cultura Económica, 1991, p. 14.
  4. Vázquez, op. cit., p. 682.
  5. Beatriz de la Fuente. Reseña de El pasado prehispánico en la cultura nacional (memoria hemerográfica 1877-1911) de Sonia Lombardo de Ruiz en Antologías, Serie Arqueológica. México, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1994, p. 165.
  6. Ibid, p. 166
  7. Enrique Florescano. “Patria y nación en la época de Porfirio Díaz”. Signos históricos. UAM-Iztapalapa, núm. 13. México enero-junio de 2005, p.155.
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